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viernes, 9 de septiembre de 2022

MANZANARES Y LA PROVINCIA DE CIUDAD REAL DURANTE LA PRIMERA GUERRA CARLISTA (1833 - 1840): Capítulo 1. Las causas de la guerra

En el verano de 1833, último año del reinado de Fernando VII, la vida en Manzanares transcurría con una aparente, aunque engañosa, normalidad. A finales de julio, con la cosecha de cereal prácticamente finalizada, los manzanareños celebraron el santo de la reina María Cristina con grandes fastos [1]. La fiesta principal se trasladó a la noche del día 24 de julio, en la plaza frente al castillo, para intentar escapar del fuerte calor que se prolongaba desde hacía casi una semana. Un grupo de músicos amenizó la velada tocando bailes típicos manchegos. Tampoco faltó en la fiesta el lanzamiento de múltiples cohetes para regocijo de los más pequeños. Toda Manzanares se iluminó especialmente esa noche, destacando el castillo con más de 300 luces rodeadas de vistosas ramas de olmo. Los vecinos comentaban asombrados que no recordaban otra celebración con semejante derroche de iluminación. El carácter monárquico del festejo se puso de manifiesto con un cartel colgado encima de la puerta principal del castillo, bajo dos ramas de laurel cogidas con una corona, el que se podían leer los siguientes versos:

Viva Fernando,

Cristina fiel,

Y con su hermana

Viva Isabel.

Esta aparente unanimidad en el apoyo a Fernando VII y a su futura heredara Isabel II no era más que pura apariencia. Los manzanareños, y en general el conjunto de la sociedad española, estaban profundamente divididos sobre el futuro del país. En primer lugar, existía un conflicto sucesorio. La Ley de Sucesión Fundamental vigente desde el año 1713 establecía la prevalencia de los varones en el acceso al trono incluyendo a hijos, hermanos o sobrinos del rey difunto. Esto implicaba que el hermano del rey, el infante Carlos María Isidro, era el heredero de la corona e, incluso, que los hijos de éste tenían más derecho al trono que las propias hijas de Fernando VII. El 29 de marzo de 1830 Fernando VII promulgó la Pragmática Sanción que anulaba la Ley de Sucesión Fundamental. Esto implicaba la vuelta al sistema sucesorio medieval español, por el cual sólo los hermanos varones, ni tíos ni sobrinos, tenían prevalencia sobre la mujer en el acceso al trono. En el momento de promulgar la Pragmática Sanción, la reina María Cristina estaba embarazada de su primera hija. En octubre de ese mismo año nació la infanta Isabel que se convirtió gracias a los recientes cambios legales en la legítima heredera, desplazando en la línea sucesoria a su tío Carlos. En un principio, el infante Carlos no protestó de forma pública por el cambio en el orden sucesorio, pero en 1833, cuando la salud de su hermano Fernando estaba muy deteriorada, se retractó y se autoproclamó heredero al trono. Fernando desterró a su hermano y éste fijó su residencia en Portugal, a la espera de que tras la muerte del rey pudiese volver a España para hacerse cargo de la corona.

Carlos María Isidro de Borbón (1788-1855).
Retrato pintado por Vicente López Portaña.

Adicionalmente a esta disputa dinástica, había una profunda división ideológica entre los absolutistas y los liberales. Los primeros defendían el mantenimiento de la monarquía absoluta en la que el rey acumulaba todos los poderes. Rechazaban la existencia de parlamentos emanados de la soberanía popular que pudiesen limitar la autoridad real. Formaba parte troncal de su ideario político el mantenimiento de los privilegios tradicionales, no sólo de la corona, sino también de la Iglesia católica y la nobleza. En materia religiosa, defendían que sólo el culto católico debía ser autorizado en España, amparaban las exenciones fiscales de la Iglesia y rechazaban cualquier intento desamortizador de las propiedades de las instituciones religiosas o el cierre de conventos y monasterios. Por el contrario, los liberales, herederos ideológicos de los grandes pensadores de la Ilustración como Montesquieu y Voltaire, defendían la aprobación de una constitución, la elección de un parlamento por sufragio, reformas económicas que facilitaran el libre comercio o la separación de la Iglesia y el Estado.

Para comprender mejor el dilema al que se enfrentaba la sociedad española entre el absolutismo y el liberalismo es importante realizar alguna aclaración adicional, ya que este último término ha adquirido en el presente algunas connotaciones negativas. No es infrecuente que en la actualidad algunos utilicen los adjetivos “neoliberal” o “ultra liberal” con el objetivo de desprestigiar ciertas políticas. Sin embargo, en el siglo XIX el liberalismo era la corriente de pensamiento político más avanzada que representaba el justo anhelo de muchos ciudadanos. Al margen de estos usos actuales, no debemos olvidar que la esencia del liberalismo era la defensa de la libertad individual y la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, conceptos que son la base de las modernas democracias occidentales. Es oportuno reivindicar también que el término de liberal tuvo su origen en España, ya que fue acuñado en las Cortes de Cádiz (1810-1814) y del español pasó a otros idiomas como el inglés (liberal), francés (libéral) o alemán (liberale).

En España, esta pugna entre absolutistas y liberales había tenido ya importantes episodios desde principios del siglo XIX. Durante la Guerra de la Independencia (1808-1814), los liberales, aprovechando el vacío de poder ocasionado por la invasión francesa, convocaron las Cortes de Cádiz y aprobaron la Constitución de 1812. La situación de guerra en que se encontraba España, con gran parte del país ocupado por las tropas napoleónicas, impidió que la legislación aprobada en Cádiz pudiese aplicarse de forma efectiva. La vuelta de Fernando VII en 1814 supuso el restablecimiento de la monarquía absoluta y la derogación de la Constitución. Las represalias tomadas por Fernando VII llevaron a muchos liberales a la cárcel o al exilio. En 1820 la sublevación del coronel Riego obligó a Fernando VII a jurar la Constitución de 1812. Este periodo conocido como el Trienio Liberal terminó en 1823, cuando las potencias europeas unidas en la Santa Alianza enviaron a España el ejército conocido por el nombre de los Cien Mil Hijos de San Luis, con el objetivo de restaurar el poder absoluto de Fernando VII.

En 1833, conforme se deterioraba la salud de Fernando VII, la sociedad española tenía muy presente que un nuevo episodio de esta lucha fratricida entre absolutistas y liberales tendría lugar en torno a la sucesión al trono. En apoyo al infante Carlos María Isidro se agruparon los sectores más tradicionales del país, que fueron conocidos con el nombre de carlistas. Su extremismo absolutista les llevaba a rechazar incluso las tímidas reformas o pequeñas concesiones que habían hecho los gobiernos de Fernando VII en los últimos años de su reinado, como la aprobación de limitadas amnistías a los liberales.

En torno a Isabel y a su madre María Cristina, que actuaría como regente a la muerte de Fernando VII, se agruparon desde absolutistas reformistas hasta los liberales más exaltados, unidos circunstancialmente por la necesidad imperiosa de derrotar a los carlistas. Esta mezcla tan heterogénea fue origen de muchos conflictos y enfrentamientos dentro del bando isabelino, que tendría que luchar al mismo tiempo contra los carlistas y contra sus propias contradicciones internas. Con el paso del tiempo, las diferentes corrientes que apoyaban a Isabel se fueron agrupando en dos grandes partidos políticos liberales, el Moderado y el Progresista. Aunque desde ambos partidos se defendía la aprobación de una constitución, la elección de un parlamento por sufragio o las reformas económicas que facilitaren el libre comercio había importantes diferencias en sus posicionamientos políticos. Por ejemplo, el Partido Moderado defendía que el derecho al voto estuviese restringido a sólo los grandes propietarios, era fuertemente centralista o quería dejar en manos del rey amplias competencias. Por el contrario, el Partido Progresista quería ampliar el censo electoral relajando las condiciones económicas para tener derecho al voto, era partidario de una mayor descentralización del poder en favor de los ayuntamientos o quería limitar las competencias de la corona en favor de las cortes.

Estos dos bandos irreconciliables, liberales y carlistas, protagonizarían con sus fratricidas luchas buena parte de la historia del siglo XIX y el primer gran asalto de esta larga contienda estaba a punto de comenzar.

Miguel Ángel Maeso Buenasmañanas, septiembre de 2022

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