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miércoles, 28 de septiembre de 2022

Vídeo y texto íntegro de la conferencia "LA TORRE, EL CASTILLO Y EL LUGAR DE MANZANARES EN EL CAMPO DE CALATRAVA"

En esta entrada publicamos el vídeo y el texto íntegro de la conferencia "LA TORRE, EL CASTILLO Y EL LUGAR DE MANZANARES EN EL CAMPO DE CALATRAVA", impartida por el historiador Juan de Ávila Gijón Granados, en el ámbito de las IX Jornadas Medievales el 24 de septiembre de 2022. El acto fue organizado por la Asociación Cultural El Zaque y presentado por Francisco Contreras González

En la conferencia se hace un interesante recorrido por la historia de Manzanares, desde su fundación en el siglo XIII hasta principios del siglo XVI.

Vídeo


Texto íntegro


Se puede descargar el texto de la conferencia en formato pdf en el siguiente enlace.


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viernes, 9 de septiembre de 2022

MANZANARES Y LA PROVINCIA DE CIUDAD REAL DURANTE LA PRIMERA GUERRA CARLISTA (1833 - 1840). Introducción

Iniciamos la publicación de una serie de artículos sobre la Primera Guerra Carlista (1833-1840) en la provincia de Ciudad Real, centrándonos principalmente en los sucesos ocurridos en Manzanares. En el relato se mezclarán, por tanto, la historia local y la provincial, pero también se narrarán con cierto detalle los acontecimientos más importantes de la política nacional, ya que consideramos que no es posible entender este complejo episodio de nuestra historia sin ofrecer una visión de conjunto.

Este periodo es especialmente interesante porque su estudio permite entender el devenir de España en los siglos XIX y XX. Con la Primera Guerra Carlista se inicia una serie de guerras civiles que marcarán la compleja transformación de España desde el Antiguo Régimen y la monarquía absoluta hasta el estado liberal y la democracia. Este largo camino, cuyo comienzo podemos situar en la Constitución de Cádiz en 1812, culminó con la aprobación de la actual Constitución en 1978, tras casi dos siglos de conflicto.

Aunque el escenario principal de la Primera Guerra Carlista fue el norte de España, donde los carlistas llegaron a dominar amplias zonas, la provincia de Ciudad Real sufrió duramente las consecuencias del conflicto bélico. La lucha en la provincia estuvo marcada por la presencia de guerrillas carlistas que asolaron la región con un comportamiento que en muchas ocasiones difería poco del puro bandolerismo. La violencia y salvajismo con el que se desarrolló la guerra en nuestra provincia impresionan a pesar del tiempo transcurrido. 

En este difícil contexto, Manzanares destacó por su marcado liberalismo en contraposición con la mayor parte de la provincia en la que el carlismo contó con un fuerte apoyo. Este rasgo tan característico de Manzanares, su proximidad ideológica al liberalismo, fue una constante durante todo el siglo XIX, desde el Trienio Liberal (1820-1823) hasta el último tercio de la centuria en el que, incluso, se produjo una temprana evolución de parte de las fuerzas políticas locales hacia posiciones republicanas.

Incluimos a continuación enlaces a los tres primeros capítulos, que en próximas fechas iremos completando hasta, esperemos, poder completar un libro.
 


BIBLIOGRAFÍA Y FUENTES 




MANZANARES Y LA PROVINCIA DE CIUDAD REAL DURANTE LA PRIMERA GUERRA CARLISTA (1833 - 1840): Capítulo 1. Las causas de la guerra

En el verano de 1833, último año del reinado de Fernando VII, la vida en Manzanares transcurría con una aparente, aunque engañosa, normalidad. A finales de julio, con la cosecha de cereal prácticamente finalizada, los manzanareños celebraron el santo de la reina María Cristina con grandes fastos [1]. La fiesta principal se trasladó a la noche del día 24 de julio, en la plaza frente al castillo, para intentar escapar del fuerte calor que se prolongaba desde hacía casi una semana. Un grupo de músicos amenizó la velada tocando bailes típicos manchegos. Tampoco faltó en la fiesta el lanzamiento de múltiples cohetes para regocijo de los más pequeños. Toda Manzanares se iluminó especialmente esa noche, destacando el castillo con más de 300 luces rodeadas de vistosas ramas de olmo. Los vecinos comentaban asombrados que no recordaban otra celebración con semejante derroche de iluminación. El carácter monárquico del festejo se puso de manifiesto con un cartel colgado encima de la puerta principal del castillo, bajo dos ramas de laurel cogidas con una corona, el que se podían leer los siguientes versos:

Viva Fernando,

Cristina fiel,

Y con su hermana

Viva Isabel.

Esta aparente unanimidad en el apoyo a Fernando VII y a su futura heredara Isabel II no era más que pura apariencia. Los manzanareños, y en general el conjunto de la sociedad española, estaban profundamente divididos sobre el futuro del país. En primer lugar, existía un conflicto sucesorio. La Ley de Sucesión Fundamental vigente desde el año 1713 establecía la prevalencia de los varones en el acceso al trono incluyendo a hijos, hermanos o sobrinos del rey difunto. Esto implicaba que el hermano del rey, el infante Carlos María Isidro, era el heredero de la corona e, incluso, que los hijos de éste tenían más derecho al trono que las propias hijas de Fernando VII. El 29 de marzo de 1830 Fernando VII promulgó la Pragmática Sanción que anulaba la Ley de Sucesión Fundamental. Esto implicaba la vuelta al sistema sucesorio medieval español, por el cual sólo los hermanos varones, ni tíos ni sobrinos, tenían prevalencia sobre la mujer en el acceso al trono. En el momento de promulgar la Pragmática Sanción, la reina María Cristina estaba embarazada de su primera hija. En octubre de ese mismo año nació la infanta Isabel que se convirtió gracias a los recientes cambios legales en la legítima heredera, desplazando en la línea sucesoria a su tío Carlos. En un principio, el infante Carlos no protestó de forma pública por el cambio en el orden sucesorio, pero en 1833, cuando la salud de su hermano Fernando estaba muy deteriorada, se retractó y se autoproclamó heredero al trono. Fernando desterró a su hermano y éste fijó su residencia en Portugal, a la espera de que tras la muerte del rey pudiese volver a España para hacerse cargo de la corona.

Carlos María Isidro de Borbón (1788-1855).
Retrato pintado por Vicente López Portaña.

Adicionalmente a esta disputa dinástica, había una profunda división ideológica entre los absolutistas y los liberales. Los primeros defendían el mantenimiento de la monarquía absoluta en la que el rey acumulaba todos los poderes. Rechazaban la existencia de parlamentos emanados de la soberanía popular que pudiesen limitar la autoridad real. Formaba parte troncal de su ideario político el mantenimiento de los privilegios tradicionales, no sólo de la corona, sino también de la Iglesia católica y la nobleza. En materia religiosa, defendían que sólo el culto católico debía ser autorizado en España, amparaban las exenciones fiscales de la Iglesia y rechazaban cualquier intento desamortizador de las propiedades de las instituciones religiosas o el cierre de conventos y monasterios. Por el contrario, los liberales, herederos ideológicos de los grandes pensadores de la Ilustración como Montesquieu y Voltaire, defendían la aprobación de una constitución, la elección de un parlamento por sufragio, reformas económicas que facilitaran el libre comercio o la separación de la Iglesia y el Estado.

Para comprender mejor el dilema al que se enfrentaba la sociedad española entre el absolutismo y el liberalismo es importante realizar alguna aclaración adicional, ya que este último término ha adquirido en el presente algunas connotaciones negativas. No es infrecuente que en la actualidad algunos utilicen los adjetivos “neoliberal” o “ultra liberal” con el objetivo de desprestigiar ciertas políticas. Sin embargo, en el siglo XIX el liberalismo era la corriente de pensamiento político más avanzada que representaba el justo anhelo de muchos ciudadanos. Al margen de estos usos actuales, no debemos olvidar que la esencia del liberalismo era la defensa de la libertad individual y la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, conceptos que son la base de las modernas democracias occidentales. Es oportuno reivindicar también que el término liberal tuvo su origen en España, ya que fue acuñado en las Cortes de Cádiz (1810-1814) y del español pasó a otros idiomas como el inglés (liberal), francés (libéral) o alemán (liberale).

En España, esta pugna entre absolutistas y liberales había tenido ya importantes episodios desde principios del siglo XIX. Durante la Guerra de la Independencia (1808-1814), los liberales, aprovechando el vacío de poder ocasionado por la invasión francesa, convocaron las Cortes de Cádiz y aprobaron la Constitución de 1812. La situación de guerra en que se encontraba España, con gran parte del país ocupado por las tropas napoleónicas, impidió que la legislación aprobada en Cádiz pudiese aplicarse de forma efectiva. La vuelta de Fernando VII en 1814 supuso el restablecimiento de la monarquía absoluta y la derogación de la Constitución. Las represalias tomadas por Fernando VII llevaron a muchos liberales a la cárcel o al exilio. En 1820 la sublevación del coronel Riego obligó a Fernando VII a jurar la Constitución de 1812. Este periodo conocido como el Trienio Liberal terminó en 1823, cuando las potencias europeas unidas en la Santa Alianza enviaron a España el ejército conocido por el nombre de los Cien Mil Hijos de San Luis, con el objetivo de restaurar el poder absoluto de Fernando VII.

En 1833, conforme se deterioraba la salud de Fernando VII, la sociedad española tenía muy presente que un nuevo episodio de esta lucha fratricida entre absolutistas y liberales tendría lugar en torno a la sucesión al trono. En apoyo al infante Carlos María Isidro se agruparon los sectores más tradicionales del país, que fueron conocidos con el nombre de carlistas. Su extremismo absolutista les llevaba a rechazar incluso las tímidas reformas o pequeñas concesiones que habían hecho los gobiernos de Fernando VII en los últimos años de su reinado, como la aprobación de limitadas amnistías a los liberales.

En torno a Isabel y a su madre María Cristina, que actuaría como regente a la muerte de Fernando VII, se agruparon desde absolutistas reformistas hasta los liberales más exaltados, unidos circunstancialmente por la necesidad imperiosa de derrotar a los carlistas. Esta mezcla tan heterogénea fue origen de muchos conflictos y enfrentamientos dentro del bando isabelino, que tendría que luchar al mismo tiempo contra los carlistas y contra sus propias contradicciones internas. Con el paso del tiempo, las diferentes corrientes que apoyaban a Isabel se fueron agrupando en dos grandes partidos políticos liberales, el Moderado y el Progresista. Aunque desde ambos partidos se defendía la aprobación de una constitución, la elección de un parlamento por sufragio o las reformas económicas que facilitaren el libre comercio había importantes diferencias en sus posicionamientos políticos. Por ejemplo, el Partido Moderado defendía que el derecho al voto estuviese restringido a sólo los grandes propietarios, era fuertemente centralista o quería dejar en manos del rey amplias competencias. Por el contrario, el Partido Progresista quería ampliar el censo electoral relajando las condiciones económicas para tener derecho al voto, era partidario de una mayor descentralización del poder en favor de los ayuntamientos o quería limitar las competencias de la corona en favor de las cortes.

Estos dos bandos irreconciliables, liberales y carlistas, protagonizarían con sus fratricidas luchas buena parte de la historia del siglo XIX y el primer gran asalto de esta larga contienda estaba a punto de comenzar.

Miguel Ángel Maeso Buenasmañanas, septiembre de 2022

MANZANARES Y LA PROVINCIA DE CIUDAD REAL DURANTE LA PRIMERA GUERRA CARLISTA (1833 - 1840): Capítulo 2. El inicio de la guerra

Fernando VII falleció el 29 de septiembre de 1833 y, según había indicado en su testamento, fue nombrada regente su esposa María Cristina, ya que la futura Isabel II tan sólo tenía dos años de edad. Por su parte, el infante Carlos María Isidro, desde Portugal donde estaba exiliado, se autoproclamó rey de España el 1 de octubre de 1833 con el nombre de Carlos V. Dos días después se produjo el primer levantamiento carlista, concretamente en Talavera de la Reina. Rápidamente los pronunciamientos en favor del infante Carlos se fueron extendiendo por toda la geografía española. Se inició de esta forma la Primera Guerra Carlista que asolaría España durante siete largos años hasta 1840.

La primera reacción en Manzanares fue de apoyo pleno a la regente María Cristina. El 11 de octubre “el alcalde mayor, ayuntamiento, cuerpo eclesiástico, militar, civil, facultativo, literario, comercial, propietarios, labradores y artesanos, traficantes y jornaleros” manifestaron públicamente su adhesión a la nueva regente[1]. El apoyo mostrado por Manzanares a las nuevas autoridades no era ni mucho menos unánime en la provincia de Ciudad Real[2]. Desde finales del año 1832 y durante buena parte del 1833 se habían desarticulado varias conspiraciones carlistas en Almagro y Valdepeñas[3]. Estas conspiraciones no fueron hechos aislados ya que en muchas zonas de la provincia el absolutismo tenía una fuerte implantación. Almagro, Miguelturra o la propia Ciudad Real capital serán focos carlistas durante toda la guerra.

El gobierno, consciente de la situación de peligro en la que se encontraba la provincia de Ciudad Real, tomó rápidas medidas para sofocar cualquier conato de rebelión. En el mismo mes de octubre envió a la zona al regimiento de húsares de la Princesa liderado por el coronel Tomás Yarto[4]. Este regimiento había sido fundado recientemente en marzo de 1833 y nombrado de la Princesa en honor a la futura reina Isabel II. Su acuartelamiento estaba en el Real Sitio de El Pardo y su misión inicial era la de ejercer de escolta de honor de la princesa Isabel. Nada más conocerse el primer levantamiento carlista en Talavera de la Reina, el regimiento comandado por Tomás Yarto fue enviado a la zona para capturar a los rebeldes[5]. El hecho de que fuera precisamente el regimiento de la Princesa uno de los primeros en ser movilizado para acabar con la incipiente insurrección carlista pude que fuera un gesto simbólico por parte del gobierno. Tras colaborar en la persecución de los carlistas alzados en Talavera, las fuerzas del coronel Yarto se desplazaron el día 24 de octubre a Toledo para asegurar la fidelidad de la ciudad a las nuevas autoridades. Pocos días después el coronel Yarto recibió la orden de trasladarse con sus tropas a la provincia de Ciudad Real[6].

El coronel Yarto y su regimiento de la Princesa jugaron un papel fundamental en provincia durante los primeros meses de la guerra. Su intervención fue decisiva para desarticular la primera intentona carlista. En la noche del 24 de octubre los carlistas almagreños planeaban, con la ayuda de 200 hombres que esperaban procedentes de Valdepeñas, hacerse con el dinero de las tesorerías. Conocedores del peligro, vecinos leales se atrincheraron en diferentes edificios para hacer frente a los sublevados. Finalmente, la llegada de 40 militares del regimiento de húsares de la Princesa consiguió hacer fracasar la sublevación[7].

Además de reforzar la presencia militar en la zona y perseguir a las primeras guerrillas que empezaron a surgir a partir del mes de noviembre, las tropas del coronel Yarto realizaron otras dos importantes misiones que fueron muy efectivas para mantener el orden público y reducir al mínimo la actividad de los sublevados en los primeros meses de la guerra. Estas relevantes misiones consistieron en el descabezamiento del carlismo en la provincia con la detención y deportación a Ceuta de sus principales líderes y en la disolución y desarme de los Voluntarios Realistas y su sustitución por la Milicia Urbana.

Carga de húsares del regimiento de la Princesa
Pintado por Augusto Ferrer-Dalmau


Detenciones y deportación de los líderes carlistas. El manzanareño Donato Quesada entre los detenidos.
 
Uno de los principales objetivos de la ola de detenciones que llevaron a cabo las tropas de Yarto fue sin duda el apresamiento de Manuel Adame de la Pedrada, también conocido por su apodo de El Locho. Manuel Adame era el caudillo militar manchego con mayor capacidad de movilizar a los carlistas. Por este motivo, su neutralización debió ser una prioridad para las autoridades liberales.

Es interesante detenernos en conocer la biografía de este personaje porque es un muy representativa del guerrillero típico de la provincia de Ciudad Real durante la Primera Guerra Carlista. Manuel Adame nació en Ciudad Real en 1780. Sus orígenes eran muy humildes[8]. Su abuelo paterno era ciego y pobre. Su madre se ganaba la vida como saludadora[9], que era un tipo de curandera especializada en sanar la rabia empleando para ello su saliva o el aliento. Con estos humildes orígenes, Adame tuvo que trabajar desde niño como cuidador de cerdos y más tarde como jornalero.

Las descripciones sobre Adame que nos han llegado a través de la prensa de carácter liberal no son muy favorecedoras. Nos lo presentan como un hombre poco agraciado, de baja estatura, sucio, tosco, grosero y analfabeto:

Es un hombre de poco más de cinco pies[11], enjuto pero membrudo, monstruoso por una quebradura singular en su magnitud, tosco y desgarrado en el andar, el semblante cetrino, la nariz bastante ancha, los ojos hundidos, perspicaces y encendidos, las cejas pobladas, su mirar no es muy fiero, sus modales toscos, su producción altamente grosera, pues con dificultad pronuncia una palabra bien dicha: es sucio y descuidado en el traje, no bebe vino, pero es un africano en lo voluptuoso[12].

Manuel Adame de la Pedrada, alias el Locho[10]

La primera gran oportunidad que tuvo Adame para cambiar el triste destino al que parecía abocado fue durante la Guerra de la Independencia. Fue primero soldado; más tarde espía, curiosamente bajo las órdenes de las autoridades manzanareñas; para terminar como guerrillero en la partida de Ventura Jiménez. A la finalización de la guerra se le reconoció el grado de alférez y una pensión acorde a su graduación de 10 reales diarios.

El siguiente episodio que le permitió mejorar su estatus fue otro conflicto bélico durante el Trienio Liberal. En 1822 estalló una sublevación de carácter absolutista, precursora en cierto modo de las guerras carlistas, conocida con el nombre de la Guerra Realista. Este conflicto se desarrolló como una guerra de guerrillas que se extendió por toda España. En julio de 1822 Manuel Adame se alzó en armas en Ciudad Real en defensa de la fe y en contra del régimen liberal, convirtiéndose en el principal líder guerrillero en la provincia. Los primeros meses fueron difíciles para la partida de Adame. Acompañado de unas decenas de partidarios fue perseguido y acosado por las tropas del gobierno. En numerosas ocasiones la prensa afirmaba que la partida de Adame había sido derrotada y disuelta, pero en pocos días volvía a reaparecer.

La suerte de Adame empezó a cambiar en la primavera de 1823, con la intervención europea en contra del régimen liberal y en favor de la restauración del poder absoluto de Fernando VII. Esta intervención fue protagonizada por las fuerzas francesas conocidas como los Cien Mil Hijos de San Luis, que en abril de 1823 entraron en España por la frontera pirenaica. La confianza en el triunfo de los absolutistas posibilitó que las tropas bajo el mando de Adame crecieran rápidamente. Absolutistas convencidos, pero también oportunistas de todo pelaje pasaron a engrosar las huestes de Adame. Su ascenso fue meteórico. De liderar una pequeña y acosada partida, pasó a dirigir el regimiento de Defensores Voluntarios del Rey. Este regimiento se integraría más tarde en la primera división de infantería y caballería que sería también comandada por Adame ya con la graduación de mariscal de campo y cuyo campo de actuación fue Castilla la Nueva. A primeros de julio, Adame recibió un nombramiento más, el de comandante general de La Mancha.

Todos estos honores y ascensos no deben enmascarar el carácter terrible del conflicto. La prensa liberal acusaría a Adame durante la Guerra Realista de rodearse de criminales y bandoleros y de ser responsable de numerosos asesinatos, violaciones, robos y saqueos. Especialmente violenta fue la entrada de Adame en abril de 1823 en el pueblo toledano de Menasalbas, donde degollaron a ocho vecinos, entre ellos a Claudio de la Escalera, antiguo compañero del propio Adame durante la Guerra de la Independencia en la partida de Ventura Jiménez[13]. En Toledo capital, las tropas de Adame fueron acusadas de saquear las iglesias, hecho todavía más sorprendente si tenemos en cuenta que su levantamiento contra el régimen liberal se justificaba en la defensa de la religión y el absolutismo.

En octubre de 1823, los restos del régimen liberal refugiados en Cádiz se rindieron a los franceses y Fernando VII gobernó diez años más en un periodo que se ha conocido como la Década Ominosa. Aunque el nuevo gobierno absolutista derogó rápidamente la Constitución y todas las normas aprobadas durante el Trienio Liberal, no cumplió las expectativas de los sectores más ultras. La falta de fondos obligó a la disolución de las unidades militares organizadas por los líderes guerrilleros durante la Guerra Realista. La presión de las fuerzas de ocupación francesas llevó a Fernando VII a conceder limitadas amnistías a los liberarles. Todas estas medidas hicieron crecer el descontento en los sectores ultras que les llevaron a conspirar contra Fernando VII, con el objetivo de poner en el trono a su hermano Carlos María Isidro. Adame formó parte de estas primeras conspiraciones que surgieron entre 1824 y 1825 lideradas por el general Jorge Bessieres. Las autoridades descubrieron el complot y Adame fue detenido, pero finalmente fue liberado porque no se llegó a probar su participación en la conjura. La falta de confianza en Adame por parte del gobierno fue seguramente la causa de su licenciamiento. Aun así, le fue concedido el grado de coronel, inferior al que realmente ostentaba como mariscal de campo, pero con una generosa pensión de 12.000 reales anuales. Entre 1825 y 1833 permaneció en un segundo plano ya que no hay noticias en la prensa sobre Adame, ni se ha conservado documentación que le mencione durante este periodo. Se estableció en Ciudad Real donde se compró una casa, dos pares de mulas de labor y una yeguada.

La trayectoria que brevemente hemos descrito de Adame durante el primer tercio del siglo XIX será compartida por otros muchos de los líderes guerrilleros que tuvieron un papel protagonista durante la Primera Guerra Carlista. De orígenes humildes, rayando la marginalidad, intentaron aprovechar el conflicto bélico para enriquecerse y conseguir un ascenso social. Aunque no se pueda negar las convicciones ideológicas de parte de los alzados, en muchos casos serán oportunistas, que actuarán más como bandoleros que como guerrilleros carlistas en busca de un objetivo político. Sin lugar a dudas, quien mejor definió la ambigüedad de estos personajes fue Benito Pérez Galdós, quien afirmó “que sólo un gramo más de moral diferenciaba a un guerrillero de un bandolero”.

Volviendo a 1833, Adame no tuvo en esta ocasión demasiadas opciones ya que las detenciones preventivas realizadas por las autoridades le abocaron a sus 53 años a volverse echar al campo en defensa del infante Carlos María Isidro. Como hemos comentado, su detención sería uno de los principales objetivos del coronel Yarto, cuando entró con sus tropas en la provincia a finales de octubre de 1833. Para hacer efectiva su detención, un teniente coronel del regimiento de Húsares de la Princesa se desplazó hasta Ciudad Real al frente de 100 jinetes y 40 infantes para comunicarle en persona a Adame que debía presentarse para tomarle declaración. Parece ser que llegó a ser detenido y conducido con otros arrestados hacia Ceuta donde debían ser deportados[14], pero consiguió fugarse con otro compañero y a partir de ese momento lideraría, una vez más, las guerrillas en la provincia de Ciudad Real durante los primeros meses del conflicto bélico.

El fracaso que supuso la fuga de Adame se vio paliado por las numerosas detenciones por toda la provincia de relevantes personajes conocidos por sus simpatías carlistas[15]. En Ciudad Real, fueron detenidos el director de Loterías, el director de Correos y dos tíos segundos de Manuel Adame. En Almagro, los detenidos ascendían a nueve. Entre ellos un escribano, un abogado, un capitán y un teniente (Francisco Rugeros) de los Voluntarios Realistas de la localidad y dos antiguos oficiales de Manuel Adame. En Moral de Calatrava, se detuvo a Francisco Javier Echalecu, contador de maestrazgos y coronel del batallón de infantería de Almagro de los Voluntarios Realistas[16]. También Manzanares se vio afectada por esta ola de detenciones: el acalde mayor José Mucho de Quevedo, que era nada menos que responsable de la administración de justicia y máxima autoridad local; el tesorero de la policía Eustaquio Serrano y el rico propietario Donato Quesada Arce.

En el caso de Almagro, la dejadez y puede que hasta la complicidad del gobernador de la localidad permitió que escapasen algunos relevantes carlistas, antiguos oficiales de Adame, que se unirán también a las guerrillas: Eugenio Barba, Joaquín Tercero y Juan Vicente Rugeros[17]. Éste último, junto a su hermano Francisco y su hijo Zacarías, conocidos por el apodo de Palillos, tendrán mucha presencia en esta historia ya que se convertirán con el paso del tiempo en los líderes guerrilleros más importantes y más longevos de la provincia.

La marcha de los detenidos hacia el exilio en Ceuta fue muy penosa. Los apresados en Ciudad Real fueron conducidos inmediatamente hasta Almagro, sin más ropa que la que llevaban puesta y sin ni siquiera tomarles declaración. En Almagro se unieron a los detenidos en esta localidad y marcharon todos juntos a Valdepeñas, donde se les unieron los tres presos de Manzanares y el de Moral de Calatrava. Permanecieron tres días en Valdepeñas y para su sorpresa y desesperación tampoco les tomaron declaración. Sin mayores explicaciones partieron hasta Algeciras montados en carros y burros, pasando muchas penalidades durante el viaje. Finalmente, desde Algeciras fueron conducidos en barco hasta Ceuta donde muchos de ellos, desprovistos de ingresos, tuvieron que sobrevivir de la caridad.

No debe sorprendernos el alto perfil de estos primeros carlistas detenidos ya que la administración durante el reinado de Fernando VII estaba copada en su mayor parte por absolutistas convencidos. Entre los seguidores del infante Carlos convivirán guerrilleros de la más baja condición, con las élites que veían comprometidos sus privilegios con las reformas liberales. Un buen ejemplo de estos últimos es el ya mencionado manzanareño Donato Quesada. Era el vecino más acaudalado de Manzanares[18] y un ejemplo representativo de las clases privilegiadas que temían las consecuencias de las reformas sociales y económicas que los liberales querían llevar a cabo. Posiblemente, el temor a perder la situación de privilegio que su familia había mantenido durante siglos en la localidad puede explicar la afiliación carlista de Donato Quesada.

Donato Quesada Arce[19]

En primer lugar, los Quesada era titulares de un mayorazgo[20]. Esta era una institución del derecho civil que garantizaba a las familias nobles mantener su patrimonio generación tras generación. Los bienes incluidos en el mayorazgo sólo podían ser heredados por el hijo mayor y no podían ser vendidos ni embargados sin el consentimiento del rey. Esta institución chocaba con los planteamientos liberales que defendían la propiedad privada y que querían acabar con todas las limitaciones que impedían la libre compra venta de bienes. Los mayorazgos se abolieron por primera vez con la Constitución de 1812, pero en cuanto Fernando VII recuperó sus poderes absolutos en 1814 derogó el texto constitucional y, por tanto, los mayorazgos volvieron a estar vigentes. Finalmente, hubo que esperar hasta el año 1837 para que los gobiernos liberales de Isabel II suprimieran los mayorazgos definitivamente.

En segundo lugar, la condición de hidalgos de los Quesada, y por tanto su pertenencia al estado noble, les había garantizado durante siglos privilegios y exenciones fiscales. De nuevo, la Constitución de 1812 había supuesto una grave amenaza para estos privilegios ya que el artículo 8 del texto constitucional obligada a que “todo español, sin distinción alguna, a contribuir en proporción de sus haberes para los gastos del Estado” y el artículo 339 establecía que “las contribuciones se repartirán entre todos los españoles con proporción a sus facultades, sin excepción ni privilegio alguno”.

Por último, los Quesada habían desempeñado importantes cargos en el Ayuntamiento durante siglos como alcaldes y regidores, llegando a comprar el cargo de regidor perpetuo. Esto implicaba que el cargo de regidor, similar en sus funciones a un concejal en la actualidad, se heredaba de padres a hijos como cualquier otro bien. De nuevo, la Constitución de 1812 eliminó la posibilidad de comprar estos cargos y estableció que los regidores debían ser elegidos por votación de los vecinos.

Posiblemente, la relevante posición de la familia Quesada, le permitió a Donato eludir el destierro a Ceuta o, al menos, volver al poco tiempo a la península. En 1835 tenemos constancia de que estaba afincado en Almagro, donde su familia también poseía importantes bienes. Sin embargo, las dificultades de Donato Quesada con las autoridades liberales continuaron ya que en septiembre de ese mismo año también fue desterrado de Almagro, por orden del Ayuntamiento de esta localidad, en represalia por tener familiares cercanos combatiendo con los carlistas[21].

En cualquier caso, estas detenciones puntuales de destacados vecinos no deberían hacernos pensar que Manzanares era un pueblo con fuerte implantación del carlismo. Todo lo contrario, Manzanares destacó durante el siglo XIX por ser un bastión del liberalismo en la provincia. Durante el Trienio Liberal, la prensa calificaba con frecuencia a Manzanares como el pueblo más liberal de La Mancha[22], incluso algún autor denomina a Manzanares como “el Cádiz de La Mancha”[23], ya que fue el último refugio de las autoridades constitucionales en la provincia durante la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis[24]. En este libro veremos también como durante la Primera Guerra Carlista los manzanareños tuvieron una activa participación en la lucha contra las guerrillas absolutistas. Durante el resto del siglo XIX, se mantuvo este fuerte posicionamiento ideológico de Manzanares en favor de los principios liberales. Incluso a partir del Sexenio Revolucionario (1868-1874), una parte importante de los liberales manzanareños evolucionaron hacia posiciones republicanas. Manzanares, junto a Alcázar de San Juan, se convirtió en el centro del movimiento republicano provincial[25].

De hecho, ni siquiera el sentimiento carlista era unánime en la familia Quesada. Martín, hermano menor de Donato, formó parte de los manzanareños que acabaron evolucionando muchos años después hacia el republicanismo, siendo nombrado presidente honorífico del Comité Republicano de Manzanares en 1870[26].

Frente al liberalismo de Manzanares, los carlistas tuvieron sus principales apoyos en Almagro, Miguelturra, la propia capital provincial o en las zonas más montañosas del oeste y sur de la provincia. Como explicaremos más adelante, esta identificación de los manzanareños con los principios liberales frente a la carlista Ciudad Real fue un factor determinante para que Manzanares se convirtiese en firme candidata a ostentar la capitalidad provincial.


Disolución de los Voluntarios Realistas y creación de la Milicia Urbana.

Junto a las detenciones de conocidos simpatizantes carlistas, la disolución de los Voluntarios Realistas fue otra de las más importantes medidas tomadas por las autoridades en estos primeros momentos para limitar la fuerza de los sublevados. Los Voluntarios Realistas era una milicia armada financiada por los ayuntamientos que ejercía funciones de mantenimiento del orden público, pero cuyo principal objetivo era el mantenimiento del régimen absolutista. Fue fundada en junio de 1823, nada más terminar el Trienio Liberal, como contrapeso al ejército ya que Fernando VII dudaba de la lealtad de muchos mandos militares. De hecho, la revolución de 1820 había nacido en el seno del ejército y sin su colaboración no hubiese sido posible el éxito de la revuelta.

En 1833, los Voluntarios Realistas se habían convertido en una gigantesca organización formada por 500 batallones de infantería, 24 compañías de artillería, 51 escuadrones de caballería ligera y 3 compañías de zapadores[27]. Solamente en la provincia, los Voluntarios Realistas contaban con 3.325 soldados de infantería distribuidos en doce batallones ubicados en Almadén, Almodóvar del Campo, Ciudad Real, Almagro, Quintanar, Alcázar de San Juan, Herencia, Membrilla, Infantes, Villanueva de la Fuente, Beas de Segura y Alcaraz y con 330 soldados de caballería organizados en tres escuadrones situados en Ciudad Real, Almagro y Alcázar de San Juan[28].

Esta distribución geográfica de los Voluntarios nos aporta mucha información sobre el sentimiento carlista en la región. Al ser un cuerpo de carácter local formado por voluntarios y financiado por los ayuntamientos se necesitaba un alto compromiso de los vecinos y autoridades locales para llegar a organizar en poblaciones, relativamente pequeñas como era el caso de la provincia de Ciudad Real, un batallón de infantería o un escuadrón de caballería formado por centenares de hombres. También es cierto que no todos los voluntarios tenían motivaciones políticas ya que también se alistaban muchos oportunistas atraídos por las prebendas sociales y económicas que aportaba la pertenencia a la milicia. Por otro lado, el hecho de que en una población no se formase un batallón no significa que en esa localidad no hubiese milicianos ya que podían estar adscritos a una unidad de algún pueblo cercano. Teniendo en cuenta estas consideraciones, es de destacar la ausencia de unidades de Voluntarios Realistas en los grandes pueblos en la zona este de la provincia como Daimiel (10.249 habitantes), Valdepeñas (8.552 habitantes), Manzanares (8.481 habitantes) y Villarrobledo (8.000 habitantes)[29]. Por contraposición, en otras áreas geográficas de la provincia sí que contaban con unidades de Voluntarios Realistas todas las grandes poblaciones. En la zona oeste, Almadén (7.725 habitantes) y Almodóvar (4.960 habitantes). En el centro, Ciudad Real (8.610 habitantes) y Almagro (10.200 habitantes). En el norte, Herencia (7.173 habitantes) y Alcázar de San Juan (6.588 habitantes). En el sur, Infantes (4.320 habitantes). Esta distribución de los Voluntarios Realistas coincide prácticamente con las zonas en las que las guerrillas carlistas tendrán mayor presencia durante la guerra. En el caso concreto de Manzanares, llama la atención que la vecina Membrilla, con menos de la mitad de habitantes, fuese sede de un batallón. Es posible que la ubicación de esta unidad en Membrilla estuviese motivada para que ejerciese de contrapunto al liberal Manzanares.

El gobierno tenía ante sí un complicado dilema en relación a los Voluntarios Realistas. La decisión más obvia que podía tomar era la disolución de estas milicias que encarnaban los más rancios principios absolutistas, en plena sintonía con el carlismo. Sin embargo, esta decisión también tenía sus riesgos. En primer lugar, privar de sus cargos y privilegios a los Voluntarios Carlistas podría ser un acicate para que pasaran a engrosar las filas carlistas. En segundo lugar, la eliminación de un cuerpo, que también ejercía funciones de mantenimiento del orden público, podría suponer un serio quebranto de la seguridad y el orden. A lo largo de la historia, hay muchos ejemplos que demuestran que, tras una revolución o cambio de régimen, la disolución de las fueras de orden público ha llevado a una situación de caos y anarquía. Quizá el ejemplo más reciente sea la invasión de Irak por EE.UU. en el año 2003, cuando los ocupantes decidieron disolver la policía y el ejército iraquí por su proximidad al depuesto Sadam Hussein. Esta decisión propició que muchos militares y policías, que habían perdido su forma de vida, engrosaran las filas de la resistencia, sumiendo al país en el caos.

Finalmente, el nuevo gobierno decretó el 25 de octubre la disolución de los Voluntarios Realistas. En la provincia de Ciudad Real este decreto empezó a aplicarse de forma casi inmediata, coincidiendo con la llegada a finales de octubre de las tropas del coronel Yarto. Tras desarticular los húsares del regimiento de la Princesa la ya mencionada intentona carlista de Almagro, fueron desarmados los Voluntarios Realistas de esta localidad y de Ciudad Real[30]. En otras poblaciones, fueron las autoridades locales quienes tomaron la iniciativa. En Valdepeñas, la noche del 29 de octubre, el acalde mayor y el comandante de armas de la localidad acompañado de “algunos paisanos honrados desarmaron a todos los voluntarios realistas de este pueblo, así de infantería como de caballería, sin que haya ocurrido en esta operación ninguna cosa desagradable, sin embargo que hubo alguno que quiso resistirse a entregar las armas”[31].

A pesar de la diligencia mostrada en estos primeros días, la disolución de los Voluntarios Realistas se prolongó durante meses como muestran los reiterados llamamientos del comandante general de La Mancha, publicados en el Boletín Oficial de Provincia, en los que se exigía la entrega del armamento, uniformes, fondos y demás pertrechos de los Voluntarios Realistas[32].

Para mitigar los riesgos que sobre el mantenimiento del orden público suponía esta delicada operación, el gobierno aprobó la creación de la Milicia Urbana el mismo día 25 de octubre en el que se decretó el fin de los Voluntarios Realistas. Con esta medida se pretendía evitar un quebranto de la autoridad ya que la Milicia Urbana pasaría a desempeñar las mismas funciones que los Voluntarios Realistas en cuanto al mantenimiento del orden público. Sobre el papel, no había grandes novedades sobre las funciones que debía desempeñar el nuevo cuerpo: actuar en casos de sublevación, conmoción, incendio o aparición de ladrones y malhechores[33]. La diferencia radicaba en que los nuevos milicianos serían elegidos entre personas afectas a la causa de Isabel II y los sublevados a los que deberán combatir serán a los carlistas. De hecho, la Milicia Urbana jugará un importante papel durante la guerra en la provincia de Ciudad Real debido, sobre todo, a que el ejército centró su atención principalmente en combatir a los carlistas en sus grandes feudos del norte de España. Ante la falta de fuerzas regulares en la zona, tuvieron que ser los milicianos los que en muchas ocasiones soportaron el peso de la guerra contra las guerrillas carlistas.

La Milicia Urbana era un cuerpo de voluntario, no retribuido y en el que incluso los milicianos debían financiar de su propio bolsillo los uniformes y el equipo. El gobierno sólo se comprometía a proporcionar el armamento. En estas circunstancias, los voluntarios de la milicia debían tener una fuerte motivación política o el deseo de alcanzar un cargo de prestigio en la localidad, ya que los incentivos económicos eran nulos.

Las condiciones que debían cumplir los aspirantes para formar parte de la Milicia Urbana eran precisamente económicas y de posición social. Para ser miliciano se requería, además de ser adepto al bando isabelino, cumplir alguno de los siguientes requisitos: pagar un mínimo de 100 reales anuales por la contribución directa sobre sus fincas rústicas; pagar esta misma cantidad por subsidio comercial; ser fabricante o artesano y contar con empleados; pertenecer a ciertas profesiones como abogados, catedráticos, médicos, arquitectos, etc[34].

En este aspecto, la Milicia Urbana presentaba notables diferencias con los Voluntarios Realistas, ya que en esta última se había fomentado el reclutamiento entre los jornaleros, garantizándoles preferencia en la contratación por parte de los ayuntamientos para la realización de obras y servicios públicos[35]. Es más, también las guerrillas carlistas a las que combatirán los milicianos estarán formadas en buena parte por jornaleros y desheredados. En este aspecto, la Primera Guerra Carlita tiene matices también de un enfrentamiento social en el que los gobiernos isabelinos se apoyaron en los propietarios para defender su causa. Comprobamos, por tanto, la complejidad de esta guerra civil en la que se mezclan motivaciones políticas, religiosas, sociales e incluso el oportunismo de muchos que, como en el caso de algunos líderes guerrilleros, ven en el conflicto bélico una oportunidad de enriquecimiento y de progresión social.

Los ayuntamientos también tenían un importante papel en la organización de la milicia urbana. Eran los responsables, junto a los grandes propietarios de cada localidad, de realizar el alistamiento. Debían asegurarse de que los futuros milicianos reunieran todas las condiciones requeridas para formar parte del cuerpo. La organización de Milicia Urbana en los pueblos manchegos avanzó de forma muy desigual. En algunas poblaciones donde los Voluntarios Realistas habían tenido un fuerte arraigo, la formación de la Milicia se encontró con fuertes obstáculos. Un buen ejemplo de ello es Alcázar de San Juan, que había sido sede de un batallón de infantería y un escuadrón de caballería de los Voluntarios Realistas. En el mes de diciembre de 1833 sólo se había presentado voluntario un alcazareño sexagenario[36]. Ante esta situación, Francisco Ramonet, comandante general de La Mancha, amenazaba a Alcázar de San Juan, y en general a todas las poblaciones que seguían sin reclutar a la Milicia, con dejarlas a merced de guerrilleros y forajidos, ya que afirmaba que las fuerzas militares no acudirían en su socorro en caso de peligro. Meses después, en marzo y abril de 1834, aún debían continuar muchas poblaciones en esta misma situación ya que el subdelegado provincial de Fomento[37], Diego Medrano, escribió dos largos escritos en el Boletín Oficial de La Mancha exhortando a los ayuntamientos a cumplir con sus obligaciones y organizar la Milicia Urbana sin más dilación[38]. Para aumentar la presión sobre estos ayuntamientos, Diego Medrano publicó una nueva orden el 19 de abril que exigía la entrega de todo tipo de arma blancas y de fuego que estuviesen en manos de particulares en aquellas poblaciones que continuaran sin haber formado la Milicia[39].

En contraposición a la situación de Alcázar de San Juan, en otras poblaciones como Corral de Calatrava[40], Membrilla[41], Daimiel, Santa Cruz de Mudela, Torrenueva o Manzanares, se consiguió organizar la Milicia Urbana con celeridad y diligencia. En el caso de Santa Cruz de Mudela y Torrenueva, se celebró incluso una gran fiesta de hermanamiento entre las milicias de ambas localidades el 27 de diciembre de 1833[42]. En Daimiel, el número de milicianos alistados ascendía en enero de 1834 a la notable cantidad de 130 hombres elegidos entre “las familias más distinguidas y pudientes”[43]. La Milicia Urbana de Manzanares tendrá también un papel destacado durante toda la guerra.

Más adelante, en 1835, el gobierno, consciente de las dificultades que se encontraban los ayuntamientos para organizar la Milicia Urbana, aprobó una nueva ley con la que se pretendía facilitar el reclutamiento[44]. Para ello, se relajaron las condiciones de ingreso, rebajándose sustancialmente el nivel de tributación que daba acceso al cuerpo. Adicionalmente, se aumentaron los incentivos al contemplarse la posibilidad de compensar económicamente a los milicianos, sobre todo en el caso de servicios prolongados en el tiempo o en el caso de tener que actuar fuera de su propia localidad. A pesar de hacer accesible la Milicia a capas sociales antes vetadas, la nueva ley mantuvo el carácter clasista al exigir a los criados y jornaleros mayores contribuciones que al resto de ciudadanos[45]. En 1835 la Milicia Urbana pasó a denominarse Guardia Nacional, aunque este cambio de denominación no supuso ninguna modificación adicional en cuanto al funcionamiento y objetivos del cuerpo.


Los milicianos de Manzanares.

Gracias a las crónicas oficiales y periodísticas de diferentes acontecimientos y hechos de armas en los que participaron de forma brillante los milicianos manzanareños hemos podido recopilar información que nos arroja algo de luz sobre la organización y composición de la Milicia Urbana y de la Guardia Nacional de esta localidad.

Tenemos constancia de que en abril de 1834 ya estaba organizada y plenamente operativa la Milicia Urbana de Manzanares, gracias a su importante contribución en la derrota de Manuel Adame en la batalla de Ruidera, de la que hablaremos en detalle más adelante.

En agosto de 1835, en una crónica periodística enviada desde Manzanares, se mencionaba la existencia de un batallón con banda de música y tropas de caballería e infantería[46]. Según el reglamento de la Milicia Urbana de 1834, un batallón de infantería debía estar formado entre 6 y 10 compañías y cada compañía podría tener entre 90 y 140 hombres. Por tanto, el batallón podría tener desde 540 hombres hasta 1.400. Estas cifras parecen excesivas para las posibilidades de un pueblo como Manzanares, que tenía alrededor de 8.500 habitantes. En el propio artículo de prensa se menciona que la Milicia de Manzanares contaba con 100 soldados de infantería y 50 de caballería uniformados. Adicionalmente, es probable que, además de los voluntarios uniformados, hubiese más milicianos que no estuvieran dotados de uniforme por lo que los efectivos reales debían ser superiores.

En 1838, en otra noticia de prensa, el Ayuntamiento de Manzanares comunicaba que, a pesar de la falta de fondos ocasionada por los estragos producidos por tantos años de guerra, se estaban confeccionando 200 uniformes para los milicianos locales, cantidad aún mayor que la mencionada en 1835[47]. Por el contrario, en estas fechas las tropas de caballería habían desaparecido, ya que no había caballos disponibles en toda la provincia. Seguramente las requisas de caballos por parte del ejército y de los guerrilleros habían copado todos los ejemplares disponibles. De hecho, el Ayuntamiento solicitaba que para paliar esta situación y poder formar un escuadrón de caballería, se le vendiese los caballos incautados a los carlistas.

En diferentes noticias también aparecen los nombres de muchos de los milicianos manzanareños, lo que, complementado con otras fuentes, nos proporciona información relevante para conocer el perfil socioeconómico de los voluntarios. Es importante aclarar que en los documentos de la época era habitual utilizar sólo el primer apellido por lo que no tenemos la seguridad de que cuando en diferentes fuentes se repite un nombre y apellido se refieran a la misma persona. Además, en esta época era costumbre casi obligada llamar los hijos con el mismo nombre de pila que abuelos y padres, por lo que hay muchas coincidencias entre diferentes generaciones y es fácil confundir a los miembros de una misma familia. En cualquier caso, hechas estas salvedades, la información recopilada nos proporciona una visión muy homogénea de los voluntarios manzanareños.

Nombre Otros datos
Burgos, Agustín Alférez retirado
Caballero, Francisco Comandante accidental Guardia Nacional en 1836
Camarena, Fernando Alcalde en 1854
Comprador de bienes desamortizados
Camarena, Juan
Carrascosa, Manuel  Teniente de la Guardia Nacional en 1836
Carrascosa, Pedro Antonio Subteniente de la Guardia Nacional en 1836
Carrión de la Vega, José Comprador de bienes desamortizados
Daura, José  Regidor en 1839
Alcalde en 1856
Daura, Pedro 
Díaz Pallarés, Luis Cesante de policía
Comprador de bienes desamortizados
Enríquez de Salamanca, Vicente Subteniente
Diputado entre 1851-1852 y senador vitalicio en 1867
Miembro del Partido Moderado
Nombrado marqués de la Concepción de 1868
Comprador de bienes desamortizados
Galiana, Pedro
Garcia, Lorenzo
Gómez Pardo, Manuel Secretario del ayuntamiento en 1836
Comandante milicia urbana en 1837
González-Elipe, José Jurista
González-Elipe Camacho, Francisco Capitán de infantería de las milicias.
Diputado en 1834, 1839, 1840, 1843, 1845 y 1864
Senador vitalicio en 1845
Abogado y dramaturgo
Comprador de bienes desamortizados
González-Elipe Camacho, Matías Alcalde en 1835 y 1836
Comprador de bienes desamortizados
González-Elipe Camacho, Miguel Comandante de la guardia nacional en 1836 y 1838
Alcalde en 1839
Diputado provincial
Abogado
Comprador de bienes desamortizados
Izquierdo, José Abogado
López Blanco, Antonio Regidor en 1835 y 1836
Comprador de bienes desamortizados
López, Dimas
Lorente, Francisco
Merino, José Antonio
Mira, Francisco
Moreno, Toribio 
Ortega, Ángel Comandante milicia urbana en 1835
Pinés, Antonio Mayor contribuyente en 1838
Romero, José Comprador de bienes desamortizados
Sanchez Blanco, Antonio Mayor contribuyente en 1838
Comprador de bienes desamortizados
Sánchez-Cantalejo, Antonio Alcalde en 1831
Sánchez-Cantalejo, SebastiánRegidor segundo en 1834
Sánchez Carrascosa, Manuel Regidor decano en 1834
Sánchez de Ávila, José Antonio
Sánchez, Sebastián
Serna, Antonio
Serna, José

Examinando el perfil y apellidos de los voluntarios manzanareños podemos concluir que la Milicia estaba controlada por las familias más relevantes de Manzanares, las cuáles monopolizaban también el poder político y económico en la localidad. Quizá el ejemplo más representativo sean los hermanos González-Elipe Camacho. En la lista de milicianos podemos identificar hasta tres de los hermanos: Matías, Francisco y Miguel.

Desde el punto de vista económico, la familia González-Elipe Camacho era la segunda mayor contribuyente de la localidad, al menos en 1820, año más cercano para el que se dispone de información fiscal completa en el Archivo Municipal. Poseían unas 400 hectáreas de tierras dedicadas al cultivo de cereales, huertas, viñas, olivos y azafranales. Más importantes eran sus inversiones ganaderas, ya que eran dueños de unas 500 ovejas y numeroso ganado mular. No sólo obtenían sus rentas de la agricultura y ganadería, ya que casi un tercio de sus ingresos provenía del comercio y el transporte de mercancías[48].

La relevancia de esta familia era aún mayor desde el punto de vista político. Los González-Elipe estuvieron presentes en la política local, incluso en la nacional, durante buena parte del siglo XIX y principios del XX, estando plenamente imbricados con el régimen liberal[49]. Matías González-Elipe Camacho, el hermano primogénito, fue alcalde de Manzanares entre 1835 y 1836. En esas mismas fechas, Ramón González-Elipe Camacho era ministro togado honorario de la Real Audiencia de Valladolid y corregidor de la villa de Olmedo. Miguel González-Elipe Camacho[50], abogado de los tribunales nacionales, fue también alcalde de Manzanares en 1839 y comandante de la Guardia Nacional de la localidad. Compaginó su actividad en la política local con importantes cargos en la Diputación Provincial de Ciudad Real. Pero sin lugar a dudas el hermano que más destacó en la esfera pública fue Francisco González-Elipe Camacho. Su larga carrera política le llevó a ser diputado hasta en cinco ocasiones entre 1839 y 1865 y senador vitalicio a partir de 1845. Compatibilizó su carrera política con las armas, donde llegó a ser capitán de la Milicia Urbana de Manzanares, con la poesía y la literatura, ya que fue un autor de reconocido prestigio en su época, y con el derecho, siendo abogado de los reales consejos y profesor de derecho civil en la Universidad de Granada. Esta brillante y polifacética trayectoria tuvo su punto culminante en 1854, ya que acogió en su casa al general Leopoldo O’Donnell durante las famosas jornadas de la Vicalvarada y el Manifiesto de Manzanares que supusieron nada menos que el triunfo de una revolución y el inicio del periodo histórico conocido como el Bienio Progresista.

Los descendientes de los hermanos González-Elipe Camacho continuaron teniendo un papel destacado en la política local durante generaciones. Un nieto de Matías González-Elipe Camacho fue alcalde de Manzanares entre 1879 y 1881 y un bisnieto también alcanzó este mismo cargo en dos ocasiones, entre 1916-1918 y en 1923[51]. En el caso de Francisco González-Elipe Camacho fueron alcaldes un hijo en 1883-1884 y un nieto en 1923-1924[52].

Antonio González-Elipe Camacho
Retrato pintado en 1878, tres años antes de su fallecimiento
[53].

Otra familia de trayectoria similar a los González-Elipe son los Sánchez-Cantalejo, aunque en este caso no hemos podido establecer la relación de parentesco entre todos los destacados miembros de esta familia. En la lista de milicianos aparece Antonio Sánchez-Cantalejo, que fue alcalde en 1831, y Sebastián Sánchez-Cantalejo, que también ocupaba el cargo de regidor en el Ayuntamiento en 1834. En el aspecto económico, la importancia de la familia está acreditada ya que en 1820 Manuel Sánchez-Cantalejo era el octavo mayor contribuyente de la localidad[54]. El abogado Joaquín Sánchez-Cantalejo Capilla, probablemente hijo del anterior, fue diputado por el Partido Conservador entre 1854 y 1856[55]. Hay un segundo diputado en la familia de nombre Francisco Sánchez-Cantalejo que ejerció su cargo entre 1858 y 1863. En la política local encontramos hasta tres alcaldes con este apellido: Antonio Sánchez Cantalejo en 1831 y los hermanos Juan y Joaquín Sánchez Cantalejo de la Calera que fueron alcaldes en 1885 el primero y en 1890 el segundo. Estos dos últimos eran sobrinos del diputado Joaquín Sánchez-Cantalejo Capilla.
 
Joaquín Sánchez-Cantalejo Capilla.
Retrato pintado en 1855 por José Vallejo y Galeazo con motivo de su elección como diputado.

Otro miliciano con una trayectoria destacable es Vicente Enríquez de Salamanca. Nacido en Ciudad Real de familia hidalga, era hijo de uno de los mayores propietarios de la provincia, Ángel Enríquez de Salamanca, también conocido con el nombre de “el Abuelo Triguero”. Se asentó en Manzanares por su boda con la manzanareña Antonia Sánchez Blanco, perteneciente a una de las familias más adineradas de la localidad[56]. Vicente Enríquez ejerció la profesión de abogado y fiscal y llegó a ser diputado en 1851. Tras la boda de su hija María del Rosario en 1864 con un hermano de Sor Patrocinio[57], en la que fueron padrinos nada menos que la reina Isabel II y su esposo Francisco de Asís Borbón, el ascenso social de Vicente Enríquez fue imparable. Sor Patrocinio, también conocida como la monja de las llagas, formaba parte de la camarilla más cercana a la reina Isabel II y, probablemente, favoreció el encumbramiento del suegro de su hermano. En 1867, Vicente Enríquez fue nombrado por la reina senador vitalicio[58] y le concedió el título de Caballero de la Gran Cruz de Isabel la Católica. Al año siguiente, recibió el título de marqués de la Concepción para él y sus descendientes[59]. El segundo marqués de la Concepción, Francisco Enríquez de Salamanca Sánchez Blanco, también fue diputado en dos ocasiones en 1891 y 1899.

Otra característica que comparten muchos de los milicianos manzanareños es que fueron compradores durante el proceso de desamortización de propiedades de la Iglesia y de los bienes municipales. Aunque más adelante explicaremos con detalle el proceso desamortizador que se inició en 1836, podemos adelantar que hasta diez de los milicianos identificados fueron compradores. De nuevo, destacaron los hermanos González-Elipe con la adquisición de alrededor de mil hectáreas de fincas rústicas. Esta decisión de participar en la compra de las propiedades desamortizadas aumentaba la identificación de los compradores con el régimen liberal, ya que un triunfo del carlismo podría suponer la devolución de las propiedades compradas y la pérdida del dinero invertido.

Con estos breves apuntes sobre el perfil de los milicianos podemos concluir el carácter elitista de la milicia urbana, la cual también se convertía en un instrumento de defensa del orden social y económico frente a unas guerrillas carlistas en la provincia de Ciudad Real compuestas en buena parte por jornaleros, bandoleros y oportunistas de toda clase. Este enfrentamiento entre clases confirma también el carácter de conflicto social y económico de la Primera Guerra Carlista, complementado a las otras causas de la guerra más evidentes como la lucha dinástica, religiosa o política entre liberales y absolutistas.

Miguel Ángel Maeso Buenasmañanas, septiembre 2022

 


[1] Periódico El Correo del 11 de octubre de 1833.

[2] La división provincial que creó la actual provincia de Ciudad Real fue aprobada en noviembre de 1833. Anteriormente, la organización territorial de España estaba articulada en intendencias. La actual provincia de Ciudad Real se correspondería aproximadamente con la intendencia de La Mancha, aunque había algunas importantes diferencias. Por ejemplo, los territorios de la Orden de San Juan pertenecían a la intendencia de Toledo. Por el contrario, el oeste de la actual provincia de Albacete y zonas de Cuenca y Toledo de la Orden de Santiago estaban incluidas en la intendencia de La Mancha (RODRÍGUEZ DOMENECH, 2014). 

Por simplicidad en el texto, aunque se haga referencia a algún hecho anterior a noviembre de 1833 vamos a utilizar preferentemente el término provincia de Ciudad Real en lugar de intendencia de La Mancha. Las únicas excepciones serán cuando nos refiramos a algunas instituciones, como la Comandancia General o el boletín oficial provincial, que durante algún tiempo después de aprobada la nueva organización territorial conservaron el nombre de La Mancha.

[3] A finales de 1832 fueron encausados varios vecinos de Almagro por su participación en conspiraciones carlistas. En marzo de 1833 fueron detenidos por los mismos motivos regidores y oficiales de los Voluntarios Realistas de Valdepeñas (DÍAZ-PINTADO PARDILLA, 1998: 314-315).

[4] Los Húsares son unidades de caballería ligera cuyo origen es húngaro. Destacaban por su vistoso uniforme con un característico sombrero chacó provisto de pluma o pompón. La caballería ligera era especialmente apropiada para combatir a las guerrillas ya que destacaba por su velocidad y se empleaba habitualmente en misiones de reconocimiento, escaramuzas y asaltos.

[5] Periódico El Correo del 13 de octubre de 1833 y Diario Balear del 23 de octubre de 1833.

[6] Periódico El Correo del 29 de octubre de 1833.

[7] Periódico El Correo del 29 de octubre de 1833 y La Revista Española del 1 de noviembre de 1833.

[8] La biografía de Manuel Adame El Locho se ha reconstruido principalmente a partir de (DÍAZ-PINTADO PARDILLA, 1998) y una biografía publicada en el periódico El Eco del Comercio del 10 de mayo de 1834.

[9] Para ser considerada saludadora había que cumplir unas condiciones muy particulares como, por ejemplo, ser el séptimo hijo de un matrimonio siempre cuando sus hermanos mayores fueran del mismo sexo. En el caso de la madre de Manuel Adame su supuesta capacidad curativa se la concedía una supuesta cruz que podía apreciarse en el cielo de su boca.

[10] Panorama Español. Crónica Contemporánea, tomo II, Madrid 1845.

[11] El pie castellano utilizado en el siglo XIX era equivalente a 0,278635 metros por lo que la altura de Adame (poco más de 5 pies) sería aproximadamente de 1,40 metros.

[12] Periódico El Eco del Comercio del 10 de mayo de 1834.

[13] (ESPADAS BURGOS:2008) y el periódico El Universal del 13 de abril de 1823.

[14] (DÍAZ-PINTADO PARDILLA, 1998: 314-315).

[15] Periódico La Revista Española del 1 de noviembre de 1833.

[16] Estado militar de España año de 1833

[17] Periódico Diario del Comercio del 29 de mayo de 1834.

[18] Cuaderno General de la Riqueza de 1820 y Cuaderno para la Cobranza y Reparto de la Contribución Territorial de 1821, Archivo Municipal de Manzanares. Donato Quesada era el vecino más acaudalado de Manzanares, con unas rentas netas obtenidas en nuestra localidad de 44.592 reales anuales. Su riqueza provenía de la ganadería, la posesión de ventas y posadas y extensas propiedades agrícolas que sólo en el término municipal de Manzanares rondaban las 1.500 fanegas de extensión.

[19] (BERMÚDEZ GARCÍA-MORENO, 2016).

[20] La actual calle Mayorazgo de Manzanares debe su nombre precisamente al mayorazgo instaurado por la familia Quesada, ya que en esta calle, en la esquina con Jesús del Perdón, tenía su casa solariega.

[21] (ASENSIO RUBIO, 1987).

[22] Son numerosas las noticias que durante este periodo (1820-1823) ensalzan el espíritu liberal de Manzanares, destacando sobre el resto de poblaciones de La Mancha. Sin ánimo de hacer un listado exhaustivo podemos destacar las siguientes:

  • Nuevo Diario de Madrid del 19 de febrero de 1822 y del 3 de septiembre de 1822 y El Espectador del 31 de enero de 1823 sobre la buena organización y excelente comportamiento de la Milicia Nacional de Manzanares.
  • El Espectador del 12 de septiembre de 1822 sobre la entusiasta acogida del general Riego a su paso por Manzanares.
  • Nuevo Diario de Madrid del 22 de octubre de 1822 sobre el sentimiento liberal del clero de Manzanares.
  • El Espectador del 27 de febrero de 1822, sobre el espíritu patriótico de los quintos.

En los escasos fondos que se conservan en el Archivo Municipal de este periodo hay algunos documentos que nos permiten vislumbrar el carácter liberal de los manzanareños de esa época: la fundación de una Sociedad Patriótica en 1823 (BERMÚDEZ GARCÍA-MORENO, 2005) o dos cartas firmadas por unos cuarenta vecinos en las que hace una interesante crítica sobre la forma en la que se estaban calculando las cuotas de la Contribución General por no seguir, en su opinión, los principios establecidos en la Constitución de 1812 (MAESO BUENASMAÑANAS, 2020). En concreto, afirmaban que se vulneraba el artículo 8 de la Constitución que obligaba a “todo español, sin distinción alguna, a contribuir en proporción de sus haberes para los gastos del Estado” y el artículo 339 que establecía que “las contribuciones se repartirán entre todos los españoles con proporción a sus facultades, sin excepción ni privilegio alguno”. Estas cartas denotan la existencia de una opinión pública muy interesada en los asuntos de estado y profundamente liberal.

[23] (DÍAZ-PINTADO PARDILLA, 1998: 184-185).

[24] Periódico El Espectador del 1 de mayo 1823.

[25] (MAESO BUENASMAÑANAS, 2019).

[26] Periódico La Igualdad del 1 de junio de 1870.

[27] Estado militar de España año de 1833.

[28] La fuerza de los Voluntarios Realistas en la provincia se ha obtenido del Estado militar de España año de 1833 y del Boletín Oficial de La Mancha del 12 de enero de 1834.

Como sede de los batallones y escuadrones aparecen localidades que en la actualidad no se encuentran en la provincia de Ciudad Real como Quintanar (Cuenca), Beas de Segura (Jaén) y Alcaraz (Albacete) ya que la intendencia de La Mancha, que posteriormente se convertiría en provincia de Ciudad Real, no tenía los mismos límites geográficos que en la actualidad.

[29] El número de habitantes de las diferentes poblaciones se ha obtenido del Boletín Oficial de la Provincia de Ciudad Real de 2 de noviembre de 1835.

[30] Periódico El Correo del 29 de octubre de 1833,

[31] Periódico Diario Balear del 21 de noviembre de 1833.

[32] Boletín Oficial de la Provincia de La Mancha del 12 y 30 de enero y 21 de marzo de 1834

[33] Artículo 35 del Real Decreto del 16 de febrero 1834 que regulaba el funcionamiento de la Milicia Urbana.

[34] Artículo 35 del Real Decreto del 16 de febrero 1834 que regulaba el funcionamiento de la Milicia Urbana.

[35] Artículo 10 del Reglamento para los cuerpos de Voluntarios Realistas del reino del año 1826.

[36] Periódico La Revista Española de 14 de enero de 1834.

[37] La figura de los subdelegados de fomento fue creada en octubre de 1834 con unas funciones similares a la de los futuros gobernadores civiles.

[38] Boletín Oficial de La Mancha del 27 de marzo y del 5 de mayo de 1834.

[39] Boletín Oficial de La Mancha del 24 de abril de 1834.

[40] Periódico La Revista Española del 14 de enero de 1834.

[41] Boletín Oficial de La Mancha del 20 de febrero de 1834.

[42] Boletín Oficial de La Mancha del 26 de enero de 1834.

[43] Periódico La Revista Española del 2 de febrero de 1834.

[44] Ley sobre Organización de la Milicia Urbana del 23 de marzo de 1835.

[45] En el artículo 4 se establecía de forma expresa que los jornaleros y criados debían pagar al menos 24 reales por contribución directa para poder ser reclutados mientras que en el artículo 3 se permitía que ciudadanos con otros oficios pudieran ser reclutados pagando tan sólo 8 reales si residían en poblaciones con menos de 2.000 habitantes, 12 reales en poblaciones entre 2.000 a 6.000 habitantes o 20 reales en poblaciones hasta 10.000 habitantes.

[46] Periódico El Eco del Comercio del 7 de agosto de 1835.

[47] Periódico El Correo Nacional del 20 de septiembre de 1838.

[48] Cuaderno General de la Riqueza de 1820 y Cuaderno para el Reparto y Cobranza de la Contribución Territorial de 1821, Archivo Municipal de Manzanares. Matías González-Elipe, con domicilio en la calle Doctor (actualmente Doctor Fleming), tenía una renta de 42.148 reales. Esta persona podría ser el mayor de los hermanos o el padre.

[49] (GARCÍA-NOBLEJAS GARCÍA-NOBLEJAS, 1963: 57-64)

[50] En algunas fuentes se ha identificado a Miguel González-Elipe Camacho con un periodista y conferenciante de ideología carlista que colaboró en periódicos como El Siglo Futuro. Este periodista fue en realidad Miguel González-Elipe Velasco. Nació en La Solana entre 1837 y 1838 y en el momento de su muerte el 3 de julio de 1887 era vecino de Manzanares. Su padre se llamaba Ramón y su madre Manuel Velasco.

[51] Matías González-Elipe Camacho se casó con Ana María Serna y tuvieron una hija de nombre Juana. Ésta se casó con el abogado José González-Elipe Pinés y su hijo Antonio González-Elipe González-Elipe fue alcalde de Manzanares entre 1879 y 1881 por el Partido Conservador. Antonio se casó con María Dolores Rossique Ega y su hijo José González-Elipe Rossique fue también alcalde entre 1916 y 1918 y repitió el cargo en 1922, en ambas ocasiones representado, al igual que su padre, al Partido Conservador.

[52] Francisco González-Elipe Camacho se casó con Rosa de Guisasola Álvarez-Cubedo y su hijo Francisco González-Elipe Guisasola fue alcalde entre 1883 y 1884. Ana González-Elipe Guisasola, hermana del anterior, se casó con Tomás Moraleda García y su hijo Enrique Moraleda González-Elipe fue alcalde ya en tiempos de la dictadura de Primo de Rivera entre 1923 y 1924.

[53] (GARCÍA-NOBLEJAS GARCÍA-NOBLEJAS, 1963: 64).

[54] Cuaderno General de la Riqueza de 1820, Archivo Municipal de Manzanares. Manuel Sánchez-Cantalejo tenía unas rentas que ascendían a los 26.936 reales.

[55] Joaquín Sánchez-Cantalejo Capilla nació en Manzanares el 1 de abril de 1827, hijo de Manuel Sánchez-Cantalejo y Águeda Capilla, siendo el abuelo paterno Joaquín Sánchez-Cantalejo y abuelo materno Antonio Capilla.

[56] Cuaderno General de la Riqueza de 1820, Archivo Municipal de Manzanares. El sexto mayor contribuyente era Francisco Sánchez Blanco mayor con unas rentas de 28.755 reales anuales.

[57] (BERMÚDEZ GARCÍA-MORENO, 2014).

[58] La Gaceta de Madrid del 2 de abril de 1867.

[59] La Gaceta de Madrid del 14 de junio de 1868.