sábado, 6 de abril de 2019

LA CIEGA DE MANZANARES, MARIA FRANCISCA DÍAZ CARRALERO (1818 -1894)

María Francisca Díaz Carralero, la Ciega de Manzanares, fue seguramente el personaje de nuestra localidad más conocido en toda España durante el siglo XIX[1]. Sus orígenes y la mala fortuna durante sus primeros años de vida no presagiaban un futuro muy halagüeño para María Francisca, pero sobre estas adversas circunstancias prevalecieron su inteligencia y sus ganas de aprender.

Nació en Manzanares el 10 de octubre de 1818, en una familia procedente de Tembleque (Toledo). Sus padres fueron Juan Bautista Díaz Carralero y Francisca Rodelgo. Tenía una hermana diez años mayor de nombre Juliana. Las desgracias empezaron muy pronto ya que a los seis días de nacer María Francisca se quedó ciega. En 1820 falleció su padre y, en ese mismo año, su madre se casó en segundas nupcias con Juan Antonio Nieto Sandoval. Con tan solo diez años se quedó huérfana al morir también su madre el 29 de junio de 1829. Por la inscripción de la defunción de la madre en el libro de difuntos de la parroquia de la Asunción[2] sabemos que quedó al cuidado de su padrastro Juan Antonio y que la familia, quizá humilde, no era desde luego pobre. La madre había hecho testamento, lo cual solo era habitual en familias con algún patrimonio. Además, las disposiciones que se mencionan sobre sus bienes, sobre cómo debía realizarse el enterramiento y las misas que debían celebrarse en su recuerdo sugieren que la familia tenía cierta capacidad económica.


Inscripción de la defunción de Francisca Rodelgo, madre de
La Ciega de Manzanares, en el libro de difuntos de la parroquia
de Nuestra Señora de la Asunción.

Sin embargo, pasados los años, María Francisca tuvo que recurrir a la mendicidad para ganarse la vida. Improvisaba poesías y hablaba en latín con los viajeros que en diligencias hacían parada en Manzanares o que pernoctaban en alguna de las fondas que había en la localidad. Con la llegada del ferrocarril en 1860 continuó sus actividades en la estación de tren. Normalmente pedía a los viajeros que le diesen alguna entrada sobre la que ella rápidamente improvisaba unos versos. Los viajeros quedaban impresionados de que una ciega, con pobres vestimentas, tuviera estas habilidades poéticas y conocimientos de latín y le recompensaban con limosnas. Debía causar una honda impresión ya que son numerosos los viajeros que dejaron constancia por escrito de haber conocido a la Ciega de Manzanares: el famoso novelista francés Alejandro Dumas[3], el también escritor francés Théphole Gautier[4], el filósofo inglés Willian George Clark[5], el periodista y escritor español Modesto Lafuente[6], etc.

Teniendo en cuenta de que no contaba con recursos económicos que le permitieran asistir a la escuela y que en Manzanares tampoco se dispondrían de los medios didácticos necesarios para enseñar a un invidente, resulta sorprendente que María Francisca pudiera aprender latín con la suficiente soltura como para expresarse en este idioma. Según lo relató el también manzanareño Pedro José Carrascosa y Carrión, obispo de Ávila y de Zoara, María Francisca, siendo niña, se sentaba todos los días en la calle junto a la ventana de una escuela de latinidad. A través de la ventana escuchaba atentamente las lecciones impartidas por el profesor y este, cuando se percató de las capacidades de su interesada oyente, le invitó a incorporarse a las clases como una alumna más. Desgraciadamente, el resto de los alumnos se quejaron de compartir clase con la ciega, que vestía con pobres ropas, y el profesor, muy a su pesar, no tuvo más remedio que expulsarla de la clase. Para colmo, la clase de latín se trasladó a otra estancia lejos de la ventana, privando a María Francisca de continuar escuchando las lecciones desde la calle[7]. De ser cierta en todos sus extremos esta historia, no deja de ser sorprendente la inteligencia de María Francisca y la actitud ruin del resto de alumnos, por otra parte, muy propia de la visión clasista de la época.

Pudo proseguir sus estudios de latín en 1837, cuando ya tenía 19 años, gracias a José María Melgarejo Salafranca, conde del Valle de San Juan. El conde conoció a María Francisca durante un viaje en el que paró en Manzanares y quedó tan sorprendido que la pensionó con un real diario y le pagó los estudios de latín. La buena suerte de María Francisca apenas duró un año ya que el conde decidió suspender su ayuda tras recibir una carta en la que se denunciaba que la ciega tenía mala conducta y que no estudiaba. Estas acusaciones debieron ser falsas, fruto de la envidia, ya que, sin la ayuda del conde, María Francisca prosiguió sus estudios durante tres años hasta 1840. Pagó las clases con lo que obtenía pidiendo limosnas. Según explicaba la propia María Francisca todos los días reservo de la limosna que me dan dos cuartos para dárselos a un muchacho del estudio para que me lea, y de este modo aprendo de memoria mis lecciones: además guardo todos los meses sin que lo sepa mi hermana para pagar a mi maestro una lección más que recibo todos los días, y lo restante se lo entrego a ella para que me vista y pague al director[8].


Soneto compuesto por María Francisca Díaz Carralero

La fama de María Francisca fue creciendo con el paso del tiempo, siendo conocida en toda España y mencionada frecuentemente en la prensa. Este reconocimiento le permitió viajar a diferentes lugares de España, encontrándose con relevantes personajes de la época. Su viaje más importante fue, probablemente, el que realizó a Madrid en 1850. Llegó a la capital de España en septiembre de 1850 y a los pocos días visitó la Escuela Normal de Ciegos, fundada en 1842 por la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País. María Francisca se quedó muy sorprendida con el reconocimiento de letras por el tacto y tras ser animada por los presentes se quedó en la Escuela Normal de Ciegos, aprendiendo esta técnica tan novedosa para ella[9]. Permaneció en el Escuela hasta, al menos, el 28 de diciembre, cuando se celebraron los exámenes anuales, en los que María Francisca improvisó algunas poesías en castellano y pronunció “un elegante discurso latino con esa facilidad que le ha hecho célebre[10].


María Francisca Díaz Carralero.La Ilustración del 21 de diciembre de 1850

Durante su estancia en Madrid, que se prolongó hasta marzo de 1851[11], tuvo una activa vida social siendo invitada a selectas veladas. Saturnina Ortega, esposa de Juan José Vicente, rico propietario dueño de los terrenos en los que se construyeron los barrios de Salamanca y Castellana de la capital de España, invitó a María Francisca a su quinta de Santa Engracia junto a una “escogida concurrencia[12]. La poetisa Carolina Coronado también la invitó a su casa, le regaló un volumen de sus poesías y abrió una suscripción económica a su favor[13].

Sin lugar a dudas, la invitación más relevante fue la de Mariano de Roca Togores y Carrasco, marqués de Molins, vizconde de Rocamora y ministro de Marina en 1850. Recibió en su casa a María Francisca con el objeto de oír sus poesías, con la presencia de relevantes figuras de la época: el ministro de Hacienda Juan Bravo Murillo, el duque de Rivas[14], su hijo el marqués de Auñón, el poeta Juan Nicasio Gallego, el filósofo y político Juan Donoso Cortés, el dramaturgo Antonio Gil y Zárate, el también dramaturgo Bretón de los Herreros, el político y periodista Agustín Esteban Collantes, el escritor y militar Jerónimo de la Escosura, el historiador José Amador de los Ríos o el político y periodista Cándido Nocedal. La recepción fue un éxito para María Francisca ya que por iniciativa de su anfitrión escribieron un memorial al señor comisario de la Cruzada[15], firmado por todos los presentes, para que le otorgaran un subsidio[16]. Finalmente, le fue concedida una pensión de cuatro reales diarios, cantidad que equivalía a la mitad del sueldo diario de un jornalero y que le hubiese permitido vivir con cierto desahogo. Sin embargo, la suerte le fue de nuevo esquiva a María Francisca. Al año siguiente, la Comisaría General de la Cruzada fue disuelta y, por tanto, perdió esta ayuda económica[17].

Otros viajes de María Francisca, detalladamente seguidos por la prensa, la llevaron en 1864 a las principales ciudades andaluzas: Granada, Córdoba, donde estuvo 24 días, y Sevilla[18]. A pesar de esta aparente buena fortuna y reconocimiento, la triste realidad de María Francisca era que continuaba viviendo de la mendicidad y en 1865 tuvo que viajar a Madrid para solicitar que le dejaran pedir limosna en el interior de la estación de tren de Manzanares, ya que solo le permitían hacerlo en los andenes[19].

En junio de 1871, la suerte pareció de nuevo sonreírle a María Francisca, ya que la poetisa Carolina Coronado, a la que había conocido en 1850, le invitó a pasar el otoño en su casa de campo. El objetivo de esta visita era “escoger entre las numerosas composiciones de la poetisa popular las que sean mejores, y encargándose de corregirlas y ordenarlas, publicará más tarde un tomo, con un prólogo escrito por ella, cuyo producto formará un pequeño capital” para el sostenimiento de María Francisca[20]. Como en ocasiones anteriores, esta iniciativa no llegó a buen puerto y el libro no fue publicado, privándole de esta posible fuente de ingresos[21].

En 1874, María Francisca ganó un premio literario en los juegos florales de Zaragoza, que era un certamen poético, habitualmente sobre temas patrióticos, regionalistas, religiosos o amorosos[22]. Junto a nuestra paisana, fueron premiadas importantes poetisas como la gallega Narcisa Pérez Reoyo.


Poesía de María Francisca Díaz Carralero que obtuvo el
primer premi
o en los Juegos Florales  de Zaragoza de 1874  

María Francisca falleció en Manzanares el 26 de julio de 1894, a los 75 años de edad, siendo recogida la noticia en un medio tan relevante como la revista Blanco y Negro[23].


María Francisca Díaz Carralero.
Publicado en la revista 
Blanco y Negro
del 11 de agosto de 1894, con motivo de
su fallecimiento
.

Miguel Ángel Maeso Buenamañanas, abril de 2019



[1] La fuente más completa de información sobre la Ciega de Manzanares y que ha sido utilizada en la elaboración de este artículo es el libro "La Ciega de Manzanares. Vida de una mujer extraordinaria", Julián Granados García de Tomás, Editorial ONCE, 2014.


[3] Menciona a la Ciega de Manzanares en su libro “España y África: cartas selectas” del año 1847.

[4] Menciona a la Ciega de Manzanares en su libro “Voyage en Espagne” del año 1843.

[5] Menciona a la Ciega de Manzanares en su libro “Gazpacho or Summer Months in Spain” del año 1850.

[6] Periódico Frai Gerundio del 26 de febrero de 1841.

[8] Periódico La Alhambra del 23 de agosto de 1840. Narración que realiza Agustín Salido Estrada de su encuentro con María Francisca en una posada de Manzanares el 7 de agosto de 1840.

[14] Ángel de Saavedra y Ramírez de Baquedano, duque de Rivas. Ocupó importantes cargos a lo largo de su vida política como embajador en Nápoles y en París, vicepresidente del Senado y del Estamento de Próceres, ministro de la Gobernación y de Marina, presidente del Consejo de Ministros (durante solo dos días de 1854), presidente del Consejo de Estado y director de las Reales Academias de la Lengua y de la Historia. Fue autor del drama romántico “Don Álvaro o la fuerza del sino”.

[15] El Consejo de Cruzada fue un organismo de la administración española creado a principios del siglo XVI. A mediados del XVIII pasó a denominarse Comisaría General de Cruzada, nombre que conservaría hasta su desaparición en 1851. Tenía atribuciones consultivas, judiciales y de gobierno para gestionar los ingresos procedentes de las tres gracias (bula de cruzada, subsidio y excusado) concedidas por la Santa Sede a la Corona española para su utilización en la defensa de la fe católica.

[18] Periódico La Crónica de Gerona del 5 de julio de 1864, revista La Violeta del 26 de junio de 1864, periódico el Diario de Córdoba del 24 de octubre de 1864.


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