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lunes, 27 de abril de 2026

ENTREGA DEL PREMIO DULCINEA EN LA CATEGORÍA DE ENSAYOS AL LIBRO “UNA VISIÓN ALTERNATIVA SOBRE LA DESAMORTIZACIÓN, MANZANARES (1798-1876)”

El 24 de abril se celebró en la Casa Regional de Castilla-La Mancha en Madrid la entrega de los VIII Premios Dulcinea otorgados por la Asociación de Escritores de Castilla-La Mancha. En la categoría de ensayo fue premiado el libro “Una visión alternativa sobre la desamortización, Manzanares (1798-1876)” escrito por Miguel Ángel Maeso Buenasmañanas.

Formaron parte del jurado el filólogo y lingüista Alberto Gómez Font, exdirector del Instituto Cervantes de Rabat; la editora Charo Fierro, cofundadora de Huerga y Fierro Editores; y el abogado Alejandro Moreno Romero, miembro fundador de la Asociación Prometeo de Poesía, todos ellos con una destacada trayectoria en el ámbito cultural y literario.

Intervención de Miguel Ángel Maeso durante el acto de entrega de premios

Reproducimos a continuación el texto íntegro y un fragmento en vídeo de la intervención del autor en el acto, en la que realizó una breve exposición de su libro.

INTERVENCIÓN DEL AUTOR

En primer lugar, quiero expresar mi agradecimiento a la Asociación de Escritores de Castilla-La Mancha por la concesión del premio Dulcinea en la categoría de ensayo y, además, por darme la oportunidad en este acto de dar a conocer mi libro “Una visión alternativa sobre la desamortización: Manzanares (1798-1876)”.

Empecemos preguntándonos en qué consistió la desamortización y qué consecuencias tuvo.  Se puede definir la desamortización como la expropiación y posterior venta por parte del Estado de los bienes, especialmente fincas rústicas, que poseían la Iglesia y otros organismos públicos, como ayuntamientos.

Es, sin duda, uno de los procesos más relevantes de la historia contemporánea de España ya que la enorme superficie rústica vendida provocó una completa transformación en la estructura de propiedad con profundas consecuencias económicas, sociales y políticas.

Algunos datos que nos ayudan a entender la magnitud de este cambio son, por ejemplo, que en Manzanares, que era una localidad en la que la Iglesia no tenía excesivas propiedades, se desamortizó en torno a un 40% de las fincas del término municipal. En zonas de sierra de la provincia de Ciudad Real, donde la principal actividad era la ganadería que requiere la existencia de grandes fincas, el porcentaje de tierra desamortizada pudo llegar al 80%, como es el caso de Puertollano o Almodóvar del Campo.

Además, hay que tener en cuenta que en el siglo XIX estamos en una sociedad eminentemente agraria, donde hasta un 80% de la población activa se dedicaba el sector primario. Por tanto, la desamortización supuso, nada menos, que el cambio en la propiedad de la principal fuente de riqueza del país.

¿Qué ideas tenía sobre la desamortización antes de empezar mi investigación, sobre todo relativas a Castilla-La Mancha, basadas en lo que había estudiado en los manuales de historia? Básicamente, que había sido un proceso con consecuencias negativas: se perdió la oportunidad de crear una clase de pequeños y medianos labradores que hubieran podido proporcionar estabilidad social y económica al país; los principales compradores habían sido la gran burguesía madrileña; la propiedad se habría concentrado aún más convirtiendo a gran parte de los campesinos en jornaleros sin acceso a la tierra; los nuevos propietarios se habrían limitado a explotar sus fincas con métodos tradicionales sin hacer mayores inversiones, ni modernizar sus explotaciones.

Con estas ideas en la cabeza, empecé mi investigación. En realidad, en ese momento estaba escribiendo sobre la Primera Guerra Carlista. Durante este conflicto bélico se produjo una de las desamortizaciones más conocidas, la de Mendizábal, por lo que consulté en el Archivo Histórico Provincial de Ciudad Real si existía documentación relacionada con este proceso. Para mi sorpresa, descubrí que en el Archivo se conservaban cientos de expedientes de expropiación y subastas de fincas ubicadas en el término municipal de Manzanares.

Además, estos expedientes pertenecían a todas las desamortizaciones: desde la primera de Godoy, que se inició finales del siglo XVIII, a las realizadas durante la ocupación francesa, el Trienio Liberal (1820-1823) y también, por supuesto, expedientes de las más conocidas de Mendizábal y Madoz.

Adicionalmente, podía completar toda esta información con catastros de Manzanares, como el de Ensenada y Martín de Garay, sobre las que ya había escrito previamente.

¿Y qué conclusiones obtuve de todos estos datos? Pues muy diferentes y contradictorias a las conclusiones tan negativas que acabo de comentar. Me voy a centrar en tres ideas principales.

La primera conclusión es relativa a los compradores y al acceso a la tierra. Es cierto que hubo algún miembro de la burguesía madrileña que adquirió una gran finca en Manzanares, sin embargo, la inmensa mayoría de los compradores fueron manzanareños. Esto tiene un reflejo en al aumento sostenido de los vecinos de Manzanares, no eclesiásticos, con tierras en propiedad, que prácticamente se triplicaron durante la desamortización. No sólo había más manzanareños propietarios, sino que también disfrutaban de unos porcentajes crecientes de la riqueza agrícola, pasando de poseer un 50% de la riqueza a alrededor de un 80%.

Además, entre los compradores encontramos, por supuesto, a familias de la nobleza y de la burguesía local, pero también a personas más humildes que adquieren un pequeño azafranal u olivar que les permitiría complementar sus fuentes de ingresos.

La segunda conclusión es relativa a la modernización del sector agrícola. Los nuevos propietarios hicieron una clara apuesta por mejorar la rentabilidad de sus explotaciones invirtiendo en cultivos más rentables, sobre todo el azafrán y la vid. La superficie de viñedo se había quintuplicado a la conclusión de la desamortización.

Además, los protagonistas de estas inversiones pertenecían a todas las clases sociales, por ejemplo, en el caso del azafrán, fueron los labradores más humildes los que apostaron por este cultivo y, en el caso de la vid, los mayores viticultores fueron los pequeños y medianos agricultores.

La tercera conclusión, quizá la más relevante, estuvo en el cambio en las mentalidades y actitudes políticas. El siglo XIX estuvo plagado de guerras civiles entre absolutistas y liberales y entre las diferentes facciones del liberalismo (moderados, progresistas, republicanos). Durante todo este periodo Manzanares actuó como un bastión liberal en una provincia, como la de Ciudad Real, con fuerte presencia del absolutismo. Desde que empecé a estudiar la historia de Manzanares siempre me había preguntado el motivo del carácter tan marcadamente liberal de esta localidad.

Creo, tras esta investigación, que la fuerte participación de los manzanareños desde las primeras desamortizaciones puede ser una explicación. Cada vez que estos conflictos civiles habían terminado con una vuelta del absolutismo se anulaban o cuestionaban todas las desamortizaciones realizadas. Hay un caso muy llamativo de un comprador en Manzanares que adquirió durante la ocupación francesa una finca, la dehesa de Siles, de más de 700 hectáreas con una considerable inversión de 400.000 reales, que, a la vuelta al poder de Fernando VII convertido en rey absolutista, tuvo que devolver la finca a la Orden de Calatrava perdiendo todo el dinero invertido.

Ante esta situación, ¿qué actitud podrían tener los manzanareños compradores de tierras desamortizadas? Aunque no tuvieran fuertes convicciones políticas, ante el riesgo de perder su propiedades e inversiones, no tendrían otra opción que apostar por el triunfo del nuevo Estado liberal.

En resumen, este libro pretende aportar una mirada más compleja y matizada sobre la desamortización. No se trata de negar los efectos negativos que pudo tener en el conjunto de España, sino de mostrar que también hubo casos concretos, como es el caso de Manzanares y seguro que no fue una excepción, en los que contribuyó a ampliar el acceso a la propiedad, dinamizar la economía y consolidar el nuevo orden liberal.

Para cerrar mi intervención quiero reivindicar los estudios de historia local. Creo que, para comprender los grandes procesos históricos, como es el caso de las desamortizaciones, es imprescindible complementar la visión global con el análisis de casos concretos, cercanos a la realidad local, donde los matices y particularidades cobran todo su sentido.


Miguel Ángel Maeso Buenasmañanas, abril 2026

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